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La Coctelera

El CebriBlog

Mirando el mundo a través del culo de un vaso

30 Octubre 2007

¡¡Qué grande!!

Me confieso adicto a los libros de autoayuda. Mi mujer, cuando me ve con alguno nuevo bajo el brazo camino a la cama, siempre me pregunta lo mismo: "Cariño, ¿otro panfleto de  aumento de productividad y gestión del tiempo?, ¿De verdad que todos esos libros te sirven para algo?".  "Sí, sí, muchísmo", Contesto. "Pues, échale un vistazo a tu mesa y a la cocina, antes de venir a la cama. No logro imaginarme que fueras más desastre sin ellos".
La verdad es que razón no le falta.  Todos estos libros son  un "chute" de  optimismo, de fuerza, que se va diluyendo  a las pocas horas de leerlos.
Pero, si pensamos un poco en nuestras experiencias personales, ¿Qué recordamos más?, una carta emotiva de un amigo o un abrazo inesperado. Y, en el ámbito profesional, ¿No es verdad que un correo electrónico de tu jefe recriminándote no llegar a objetivos apenas te puede arrancar un bufido, mientras que una llamada cargada de silencios y distancia, hace que salgas a vender al grito de "Banzai"?
Esta diferencia la he visto clara cuando he asistido a conferencias de autores de los que había leído textos suyos anteriormente. La primera vez me pasó con Juan Carlos Cubeiro. Su libro "La sensación de fluidez" me entusiasmó, me encantó su fusión de liderago y disfrute de los cinco sentidos; pero cuando estuve en una conferencia que dio en mi ciudad, su fuerza y su simpatía hizo que su mensaje me permeara hasta el tuétano.
La segunda vez me pasó con el libro de "La buena suerte". Sinceramente, leerlo estuvo bien; pero tuve  la suerte de poder asistir a la conferencia que dieron los autores en mi ciudad y después compatirtir con ellos la comida. La energía que desprendían, su jovialidad, lo que contaron y, sobre todo, la manera de contarlo, hacen que ese recuerdo se haya convertido en mi isla Santa Elena. En este recuerdo me exilio en los momentos en que comienzo a darme cuenta de que estoy perdiendo el norte y no encuentro la luz.
Amig@, si de verdad me aprecias, abrázame o pégame una hostia, pero no me mandes un sms: soy cinestésico.

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