¡¡¡Al fin es mío!!!
Tras meses de espera, llegaron a España los potátiles de bajo coste. ¿Sabéis a qué me refiero? Finales del año pasado, OLPC, Asus EEE PC; se crea un nuevo nichito de mercado que no sé si es más un smartphone XXL o un portátil raptado por los gíbaros. Después llegó la orgía de palabrejos para definir al recién nacido: que si UMPCC (Ultra Mobile PC Cutre), que si MID, que si Netbook, que si laptop Tamagochi.
Yo, la verdad, es que no sentí ni un difuminado atisbo de deseo cuando leí acerca de la máquina de Negroponte de 100 dólares. Encomiable, qué bonita iniciativa, cada niño del tercer mundo con su portátil a manivela, accediendo a la red y preparándose para ser mano de obra subcontratada cualificada y barata del primer mundo externalizado y global.
Sin embargo, cuando vi el ASUS eee PC 701, todo fue distinto. Me vino a la cabeza el Palm Foleo. 
¡Cómo desee ese bicho!, bueno, sinceramente, lo nuestro duró tan sólo lo que me costó averiguar el precio ¿Se llegó a fabricar? En realidad el Palm Foleo era un teclado y una pantalla, que parecía un portátil pequeñito que se conectaba a tu smartphone y podías aprovechar la potencia de tu teléfono, viendo sus documentos y navegando en una pantalla menos engorrosa.
Sin embargo Asus había hecho un ordenador de verdad, capaz de entrar en un bolsillo grande a ¡¡¡300 dólares!!! Hasta entonces el tamaño del portátil era inversamente proporcional a tu posición en la pirámide empresarial. Cuanto mayor fuera tu peso en la compañía, ordenador más ligero y pequeño.
Hoy, al llegar a casa a comer, he leído una entrada en el blog de http://asuse3.blogspot.com/ sobre que ya estaba en MediaMark el Medion Akoya Mini, que viene a ser un MSI Wind de marca blanca. Sin parar a pensarlo, dejando el plato de la comida en la mesa, he cogido la moto y me he ido al establecimiento que tiene esta cadena en Zaragoza. Sobre la moqueta gris descansaba un palé completo de cajitas de Akoyas negro, mientras los clientes, amodorrados por la digestión, los ninguneaban esquivando la mole cúbica. No había precio. Un amable dependiente me ha informado de todo. Lo he abrazado, he cogido una cajita y he ido a la línea de cajas, mientras me repetía constantemente que nada volvería a ser igual. A partir de ahora, podré bloguear desde cualquier placita recoleta con conexión wifi municipal, mientras las palomas arremolinadas sobre mis sandalias picotean las migas del bocadillo que se cuelan entre los dedos, podré chatear con el messeger con gente de todo el mundo mientras voy en el autobús. Que no lo haré. Pero saber que, si quisiera, podría hacerlo, me pone super tonto.

