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El CebriBlog

Mirando el mundo a través del culo de un vaso

9 Agosto 2010

Pájara motivacional

El jueves me despedí de las vacaciones y de la familia, y volví para agarrar con ímpetu de nuevo el asa de mi maletín de cuero. Adelantaba en unos días el final de las vacaciones para firmar un contrato que quedó pendiente a finales de julio. En realidad, la cita era el viernes, pero no quería que me sorprendiese ningún contratiempo. Prefería pasar a recoger y leer todo antes, ponerme al día.

En fin. Resumiendo para no aburrir: contemporizando con las fechas, se agostó lo que consideraba negocio hecho.

El viernes por la tarde, cuando terminé de asumir que el tema se había echado a perder, me quedé clavado en el sillón del salón. Con cara de julai tras apostarlo todo con un trilero. Incapaz de reaccionar, y de encontrar a alguien a quien echar la culpa -es el principal sinsabor de trabajar solo-.

El sábado por la mañana seguía en el mismo sillón, ahora flanqueado por un tetrabrik de gazpacho -ya vacío-  y una botella de güisqui -le quedaba un culín-. Mis pies, como los de una nueva Dafne velluda, se enraizaban en el parqué.

Intenté pensar en herramientas de pensamiento positivo.

Es difícil explicar lo que es una pájara a alguien que no la ha sufrido. Cómo un ciclista que pasa horas en la bicicleta va a ser incapaz, de pronto, de seguir pedaleando ni un minuto más. Un vacío de fuerzas, la incapacidad plena de ordenar a tus músculos continuar su rutina.

Animar a otro es una cosa, pero motivarte a ti mismo, que te ves venir a lo lejos, con los bolsillos repletos de citas de Mandino y Napoleón Hill, es otra diferente.

Necesitaba claramente un estímulo externo. Determinadas cosas ya no sé dónde buscarlas, la literatura debe pasar por la razón y se necesita un ánimo tranquilo. Pasé el índice por la estantería del pasillo donde tengo las películas y cogí la de El pianista de Polanski.

Me dejó sobrecogido. Además de la indiscutible calidad de la cinta, me pareció revelador cómo, contradiciendo a Ortega, podemos ponernos por encima de nuestras circunstancias.

La verdad es que cuando apagué la tele era un nuevo hombre. Había conseguido relativizar el revés, sin embargo, todavía no había recuperado el aguijón. Me había levantado de la lona antes de la cuenta atrás, pero todavía no sabía si pegar al señor con pajarita o al de mirada torva con botas y en calzoncillos.

Ya era media tarde y me lancé a la calle. Al llegar a unas multisalas de cine encontré en los carteles lo que buscaba The Karate Kid 2010. ¿Yo viendo una de Jackie Chan? No estaba para mucho pensar. Entré cuando acababa de empezar.

No os la cuento, no os la quiero destripar antes de que vayais a verla.

Uff. A veces la medicina no sabe bien, pero realmente cura. Yo estoy de nuevo hecho un toro.

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